20/01/2026 - Edición Nº425

Opinión

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Adiós a la vieja Terminal de Junín: la estación de miles de historias

10/08/2025 | Se apaga un capítulo de nuestra historia colectiva, que no se escribe en los libros, pero está en la memoria de quienes alguna vez la cruzaron.


por Agustín Panizza


La vieja Terminal de Ómnibus de Junín cierra sus puertas y, con ella, se apaga un capítulo de nuestra historia colectiva, que no se escribe en los libros, pero está en la memoria de quienes alguna vez la cruzaron.

Por esos andenes pasaron amores que se despidieron con un abrazo apretado, y desamores que se fueron con lágrimas silenciosas. Allí se vivieron largas despedidas de madrugada y reencuentros felices en un mediodía soleado. Fue testigo muda de risas y llantos, de mochilas llenas de sueños y bolsos cargados de eperanza.

Si alguna vez esperaste con frío que llegara tu micro, si alguna vez volviste de madrugada y viste sus luces encendidas como un faro, entonces sabés de lo que estoy hablando.

No fue solo el punto de llegada a Junín, también la puerta de salida a otros destinos. Por allí partieron generaciones de estudiantes rumbo a La Plata, Buenos Aires o Rosario, persiguiendo un título universitario o un oficio que los hiciera crecer. También fue el inicio y el final de viajes de pacientes que buscaron, lejos de casa, un tratamiento o una cura.

En esos andenes, recuerdo, como un padre levantaba a su hijo para que viera partir el micro de su hermana, que seguramente se iba a estudiar a la universidad. Él sonreía, pero cuando el colectivo dobló la esquina, sus ojos se humedecieron.

La Terminal fue más que un edificio, fue un punto de conexión entre vidas. Gente que llegó para quedarse, gente que apenas pasó y siguió viaje. Fue refugio improvisado de pasajeros sin colectivo, y hasta de perros que encontraban techo, comida y compañía.

El ruido de los motores por las calles céntricas dejó de resonar, como sucedió cuando se apagaron las turbinas de la antigua usina de calle Rivadavia. Ese ronroneo nocturno, con los micros encendidos esperando que suban los pasajeros, será un sonido que se va a extrañar. Las madrugadas serán más silenciosas, las calles parecerán más vacías y hasta los comercios dejarán de cerrar tan tarde.

Y cómo olvidar aquella frase que tantas veces retumbó en los andenes: “¡Arriba los que van a Morse!”. O las voces de los vendedores ambulantes que ofrecían café o facturas para espantar el frío. El reloj de la sala de espera, nunca a tiempo, que marcaba la ansiedad de la partida.

El kiosco de diarios y revistas, donde muchos compraban lectura para el viaje. Las bicicletas apoyadas contra la reja, esperando a quien se iba o volvía. El aroma inconfundible a gasoil mezclado con el de las facturas recién horneadas del bar. Los estudiantes de distintas localidades de la Región llegando a nuestra ciudad.

Era una terminal modesta, sí, pero también más acogedora. Un lugar donde la cercanía con los pasajeros estaba por encima de la explotación comercial, donde se sentía el calor humano y la rutina compartida.

La nueva estación podrá ser más moderna y reluciente, pero difícilmente logre imitar ese abrazo invisible que la vieja terminal daba a quien llegaba o se iba.

Se despide la terminal de los abrazos apretados, de las lágrimas escondidas, de las valijas cargadas de sueños y de los motores que marcaban la madrugada.