por Agustín Panizza
La primavera ya se hace sentir en Junín, y no sólo por los días más largos o el verde renovado en las veredas. En la Plaza 9 de Julio, los naranjos comenzaron su temporada de floración y con ellos llegó ese perfume inconfundible que, como una brisa invisible, se extiende por todo el barrio.
Caminar cerca de la plaza en estas tardes de septiembre es una invitación a detenerse. El aire se carga con la fragancia dulce y penetrante de las flores, y esa sensación se multiplica con otros cítricos que florecen en casas, patios y pequeños espacios públicos como limoneros, mandarinos y pomelos que suman sus notas a este concierto aromático.
No es raro ver a vecinos detenerse un instante, mirar hacia arriba, respirar profundo y esbozar una sonrisa. El perfume se vuelve parte de la rutina, un recordatorio sutil de que la primavera también se percibe con el olfato.
Pero más allá de la botánica, hay algo en este tiempo que toca fibras más profundas. El tango “Naranjo en flor”, con su melancolía y su poesía de amores y aprendizajes, aparece inevitablemente como referencia cultural. Porque la flor del naranjo no es sólo un hecho natural es también símbolo de lo efímero, del amor que se abre y se desvanece en cuestión de días, como un instante que vale la pena atesorar.
En esa conjunción de aromas, recuerdos y melodías, la Plaza 9 de Julio se transforma en un escenario donde la ciudad respira distinto.