por Enzo Galimberti
La península de Corea es uno de esos lugares del mundo donde la historia no terminó de escribirse. No es un capítulo cerrado dentro de un manual escolar, sino una herida que sigue abierta y que, a pesar de los intentos de diálogo, late con una intensidad que preocupa al mundo. Basta observar cómo se mira Corea del Norte con Corea del Sur para comprobar que la Guerra Fría, en este rincón del planeta, aún no terminó realmente.
Todo comenzó tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial en 1945. Corea, que había sido ocupada por Japón durante 35 años, recuperó su independencia, pero no su unidad. El territorio fue dividido en dos zonas de influencia: al norte, la Unión Soviética impuso un sistema socialista; al sur, Estados Unidos promovió un gobierno alineado con el capitalismo (parecido a cuando fué dividida Alemania luego de la segunda Guerra Mundial). Dos ideologías en conflicto, dos proyectos de país, dos Coreas donde antes había una sola. En 1948, la división se formalizó: nacieron la República de Corea, al sur, y la República Popular Democrática de Corea, al norte. Una línea, el paralelo 38, marcó el punto de quiebre. Pero no era solo una frontera política: era una fractura histórica, cultural y humana.
Entre 1950 y 1953 estalló la Guerra de Corea, uno de los conflictos más sangrientos del siglo XX. Corea del Norte, apoyada política y militarmente por la Unión Soviética y China, invadió el sur en un intento por unificar la península bajo el comunismo. Corea del Sur resistió con el apoyo militar de Estados Unidos y las Naciones Unidas.
Mientras Corea del Sur avanzó hacia el desarrollo económico y se convirtió en una potencia tecnológica global, Corea del Norte fortaleció un régimen autoritario que convirtió al país en uno de los más cerrados del planeta. En el sur florecieron empresas como Samsung, Hyundai o LG; en el norte, floreció un culto político familiar que pasó del líder Kim Il-sung a su hijo Kim Jong-il y, actualmente, a Kim Jong-un. Uno eligió la modernidad y la apertura; el otro eligió el aislamiento y la militarización.
Hoy, la realidad en la península es clara y difícil. Las relaciones entre Corea del Norte y Corea del Sur atraviesan una de sus etapas más tensas en décadas. Seúl acusa a Pyongyang de sabotaje cibernético, espionaje militar y violaciones constantes del armisticio. Pyongyang acusa a Seúl de servir como “puesto avanzado” de Estados Unidos y amenaza con responder “sin límites” ante cualquier provocación. Desde 2022, Corea del Norte intensificó sus pruebas balísticas en el mar del Japón y llegó a lanzar misiles capaces de transportar ojivas nucleares simuladas. Corea del Sur respondió reforzando sus alianzas militares y aumentando su inversión en defensa estratégica.
El tablero geopolítico externo complica aún más la situación. Corea del Norte cuenta con el respaldo explícito de Rusia y con el apoyo estratégico de China. Moscú ha comenzado a profundizar su relación militar con Pyongyang, especialmente desde la guerra en Ucrania, recibiendo municiones norcoreanas a cambio de tecnología espacial y posiblemente armamento avanzado. China, por su parte, actúa como respaldo económico y político. No siempre celebra las decisiones norcoreanas, pero tampoco permitirá que el régimen colapse: un caos humanitario en su frontera sería un riesgo que Pekín no está dispuesto a asumir.
Corea del Sur, en cambio, posee el respaldo firme de Estados Unidos. Washington mantiene bases militares en territorio surcoreano desde 1953 y garantiza protección bajo su “paraguas nuclear”. Japón también respalda militarmente a Corea del Sur, no solo por alianza estratégica, sino por su propia seguridad frente al avance misilístico norcoreano. En un hipotético conflicto futuro, el mapa de alianzas sería inmediato: Rusia y China apoyarían a Corea del Norte; Estados Unidos y Japón defenderían a Corea del Sur. Y detrás de ellos, el resto del mundo tomaría posición por intereses y bloques.
El conflicto en Corea no se mide solo en armas, sino en símbolos. La división de la península es la línea visible de una lucha global entre potencias que aún compiten por influencia en Asia. Y lo más inquietante es esto: cualquier chispa puede encender un incendio mayor. Un misil que caiga donde no debe. Un dron que cruce la frontera. Una base militar malinterpretada como amenaza. Un error humano. La historia nos enseñó que las guerras más grandes, muchas veces, no comenzaron con decisiones calculadas, sino con accidentes que nadie supo detener a tiempo.
Y aquí está la advertencia clave: la península de Corea no es solo un conflicto bilateral. Es una fisura estratégica donde chocan intereses globales. Si algún día ese equilibrio frágil se rompe, el mundo no estaría frente a un conflicto regional más, sino ante una confrontación donde las grandes potencias quedarían inevitablemente involucradas. Corea es un lugar donde la historia aún no decidió si va a repetirse o a explotar.