29/01/2026 - Edición Nº434

General Arenales

Sociedad

Ricardo, el bibliotecario ambulante que pasó por la Región

02/11/2025 | Durante años trabajó en uno de los hoteles más prestigiosos de Bariloche. Uniforme impecable, horarios estrictos, vistas perfectas al Nahuel Huapi.



Dicen que hay decisiones que cambian la vida, y hay otras que la devuelven. Ricardo tomó una de esas últimas.

Durante años trabajó en uno de los hoteles más prestigiosos de Bariloche. Uniforme impecable, horarios estrictos, vistas perfectas al Nahuel Huapi.

La vida, desde afuera, parecía una postal. Pero un día —quizás al mirar por la ventana el reflejo de las montañas en el agua— se hizo una pregunta que lo desnudó por dentro: ¿Qué harías todos los días, sin cansarte?

La respuesta no vino de la cabeza, sino del corazón. Y del eco de sus raíces.

El llamado del sur

Ricardo no lo sabía, pero su sangre ya lo estaba guiando. Nieto de mapuches había heredado una forma distinta de entender el mundo: el movimiento como hogar, el intercambio como lenguaje, y el respeto por la tierra como religión.

En las historias que le contaban sus abuelos, los hombres no poseían los caminos: los caminaban. Y cada paso era una forma de agradecer.

Así fue que, una mañana, dejó atrás el lujo de los hoteles y se subió a un viejo colectivo que transformó con sus propias manos. Lo pintó con colores del desierto y del bosque, y lo bautizó “La Biblioteca Ambulante”. No era un nombre: era un manifiesto.

El Mapuche sin plumas

Desde entonces, Ricardo rueda por las rutas de la Argentina y Sudamérica, llevando en su vehículo cientos de libros que cambian de dueño como el viento cambia de dirección. No los vende: los trueca, como hacían los suyos antes del dinero.

Una novela puede valer tanto como unas monedas o bien una manta tejida. Un poema, un frasco de miel. Un cuento, una historia compartida junto al fuego.

En cada pueblo lo esperan. Los niños lo saludan por su nombre y los ancianos le entregan regalos: una piedra del río, un trozo de madera tallada, una flor seca. “Para que te acompañe en el camino”, le dicen.

Y él los guarda a todos, como si fueran parte de un altar móvil de su propia historia. Así, poco a poco, su colectivo se convirtió en un templo rodante de la palabra.

El idioma del alma

Ricardo habla español, pero sueña en quechua. Y como dice su apellido, es el hombre que aprendió a convivir con el Puma. En su modo de mirar y vivir se cuela esa filosofía que los libros no enseñan: que nada se posee, que todo se comparte, y que la verdadera riqueza está en el encuentro.

Cuando se sienta a leer bajo un cielo estrellado, recuerda a sus ancestros que creían que las palabras también tienen espíritu. Por eso no las guarda: las suelta al viento. En cada viaje, deja libros, frases, huellas. Y cada lector que se cruza con él se lleva un poco de su fuego.

El vuelo sin alas

Ricardo no tiene casa, pero tiene hogar. No tiene el mismo techo, pero duerme bajo los cielos más hermosos del continente. No tiene jefes, pero tiene propósito.

Hoy su historia se cuenta en radios rurales, en plazas, en fogones, en las redes de los viajeros que lo cruzan por la ruta. Lo llaman “el bibliotecario ambulante”, y él sonríe. Porque entendió que volar no siempre requiere alas: a veces basta con un libro, un mate y la certeza de estar en el buen camino.