En los hogares de Junín y de muchas regiones de Argentina persisten prácticas de medicina tradicional que no se encuentran en los libros académicos, pero que forman parte del acervo cultural y emocional de miles de familias.
Entre ellas, las curaciones espirituales a palabra y a distancia —como las del “mal de ojo” (ojeadura) y del empacho— son algunas de las más antiguas y enseñadas de generación en generación.
Estas sanaciones no funcionan con recetas escritas ni con fármacos. La transmisión es oral, íntima y ritualizada. Abuelas o curanderas de cada familia enseñan las oraciones, los gestos, incluso las palabras secretas a un heredero elegido, normalmente escuchando tres veces y memorizando con exactitud.
En algunos lugares, se dice que sólo en momentos especiales como la Nochebuena o el Viernes Santo este “don” puede ser transferido con eficacia.
¿Por qué esa insistencia en la palabra y el gesto? En la visión popular, la enfermedad no es sólo un trastorno corporal: tiene causas espirituales, emocionales o vinculadas a influencias externas, como la envidia o la mirada cargada que causa el mal de ojo. Por eso, el rito de curación mezcla fe, símbolos y memoria familiar.
El mal de ojo o “ojeadura” es una afección atribuida a la mirada intensa o envidiosa de otra persona, especialmente peligrosa para niños o bebés. Se asocia con síntomas como dolor de cabeza, llanto inconsolable o malestar general.
El empacho, por su parte, no es entendido sólo como una indigestión, sino como un desequilibrio interno causado por el exceso de comida o por una energía atorada en el cuerpo.
En muchas tradiciones familiares, para detectar si alguien está ojeado se realiza la prueba del aceite sobre el agua: según cómo se comporta el aceite, se confirma la presencia de esta afección. Y la cura consiste en oraciones precisas, gestos simbólicos o sencillamente en la fe del sanador y del paciente.
Estas creencias no son exclusivas de Argentina; en España y otras regiones europeas hay un fuerte trasfondo de medicina popular y curanderismo ligado a la religiosidad, los símbolos cristianos y prácticas ancestrales. Allí, las curaciones del mal de ojo forman parte del folklore tradicional, donde la cruz, el agua, el aceite y palabras rituales se combinan para dar sentido al acto curativo.
Entre los inmigrantes europeos que arribaron a Junín a fines del siglo XIX y principios del XX, muchas familias trajeron consigo estos saberes y ritos. Procedentes de España, Italia y otras regiones mediterráneas, emigrantes rurales acostumbrados a una medicina donde lo espiritual y lo corporal eran inseparables conservaron sus prácticas y las adaptaron al nuevo contexto. Los rezos, las oraciones y los gestos asociados al mal de ojo o al empacho se fueron integrando a la vida comunitaria, enriqueciéndose con elementos católicos y con cosmovisiones locales. (ResearchGate)
Aunque la medicina científica no reconoce estas prácticas como curas médicas en sentido estricto, para muchas familias representan un marco de contención emocional y comunitario. Las sanaciones populares ofrecen explicaciones simbólicas sobre el origen del malestar y un contexto para expresar cuidado, protección y pertenencia.
Hoy, en Junín como en otros rincones de Argentina, estas tradiciones siguen vivas: no sólo como curiosidades folklóricas, sino como maneras concretas de cuidar a un niño que llora, calmar una noche de insomnio o aliviar una pena emocional. Son ritos que conectan generaciones, historias familiares, y una forma de entender la salud que mezcla fe, palabra y memoria colectiva.