por Enzo Galimberti
Hay escenas que se repiten a lo largo del tiempo, aunque cambien los nombres, las ciudades y las banderas. En el otoño de 1945, en el corazón de la ciudad francesas de Toulouse todavía marcada por la guerra, un grupo de hombres y mujeres ocupaba el centro de la ciudad con una alegría desbordada. Cantaban, se abrazaban, lloraban sin pudor. No eran franceses y no intentaban disimularlo. Eran republicanos españoles que habían sobrevivido al exilio, convencidos de que la derrota del nazismo arrastraría, inevitablemente, al régimen que los había expulsado de su tierra.
Bailaban porque creían que el regreso estaba cerca. Porque pensaban que la historia, por una vez, sería justa. No lo fue. La lógica de la Guerra Fría, los equilibrios de poder y la conveniencia estratégica terminaron consolidando a Franco como un mal tolerable frente a un enemigo mayor. Aquella esperanza colectiva quedó suspendida durante décadas. Muchos no volvieron jamás.
Es difícil no recordar ese episodio hoy, cuando la diáspora venezolana se volcó a las calles del mundo tras la caída de Nicolás Maduro. En ciudades que no eligieron pero que los recibieron —a veces con generosidad, otras con indiferencia— miles de venezolanos se abrazaron, lloraron y cantaron, desde el sur de Argentina hasta el norte de Canadá. No celebraban solo el fin de un régimen: celebraban la posibilidad de que el dolor tuviera, por fin, un sentido. La imagen se repite: exiliados festejando en tierras ajenas, mientras el destino de su país se decide lejos de ellos.
Pero la historia, una vez más, advierte que la emoción popular no siempre coincide con los tiempos del poder.
Estados Unidos actuó con la frialdad que caracteriza a las grandes potencias. No hubo épica democrática ni discursos grandilocuentes sobre derechos humanos. Hubo intereses. Hubo cálculos. Hubo objetivos concretos. Cortar flujos ilegales, limitar la influencia de actores extrahemisféricos, asegurar el control indirecto de recursos estratégicos. Nada más. Nada menos.
El mensaje fue claro y deliberadamente sobrio: Venezuela no es prioritaria por su gente, sino por su ubicación, su petróleo y su subsuelo. No porque Estados Unidos lo necesite desesperadamente, sino porque no está dispuesto a que otros lo administren. El problema nunca fue la pobreza venezolana, sino quién se beneficiaba de su riqueza mientras la población se hundía en la miseria.
Durante más de dos décadas, el país fue drenado silenciosamente. Petróleo, minerales, alianzas opacas. Oriente, aliados ideológicos y viejos socios estratégicos encontraron allí una fuente constante de recursos. Cuba sobrevivió, otros expandieron influencia, y Venezuela quedó atrapada en una paradoja cruel: ser inmensamente rica y brutalmente pobre al mismo tiempo.
En este contexto, la pregunta que se abre no es si Venezuela será libre, sino cuándo y bajo qué condiciones. Porque la democracia, si llega, no lo hará de inmediato. El retorno de los emigrados tampoco. Y el castigo a los responsables de años de persecución, hambre y destrucción institucional quedará, al menos por ahora, en una zona gris.
Por eso esta carta, María Corina Machado, no es un canto triunfal ni una advertencia cínica. Es un llamado a la lucidez. La historia demuestra que las grandes potencias no reconstruyen países: los administran. Y que las verdaderas transformaciones no suelen venir de afuera, sino de la capacidad interna de ordenar el caos una vez que el ruido se apaga.
Los exiliados de Toulouse aprendieron demasiado tarde que la caída de un enemigo no garantiza el regreso a casa. Venezuela hoy celebra. Y tiene derecho a hacerlo. Pero también tiene la obligación de no repetir la ingenuidad de otros pueblos que confundieron el final de un régimen con el comienzo de una verdadera libertad.
La esperanza es legítima. La cautela, imprescindible. Porque la historia, esa maestra severa, siempre cobra caro cuando se la ignora.
Hoy Venezuela llora y celebra al mismo tiempo. Llora por lo perdido, por los años robados, por las vidas partidas. Celebra porque, aunque tarde, algo se movió. Porque el miedo ya no es absoluto. Porque la palabra “futuro” volvió a pronunciarse en voz alta.
Ojalá esta vez la historia no vuelva a postergar a quienes ya esperaron demasiado. Ojalá los abrazos en las plazas del mundo no se conviertan en otro recuerdo amargo. Ojalá el regreso no sea solo una promesa.
Porque ningún pueblo debería aprender que la libertad también puede quedar en suspenso.