por Enzo Galimberti
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la idea de comprar un territorio parecía una excentricidad de manual. Cuando Donald Trump puso sobre la mesa la posibilidad de incorporar Groenlandia, el gesto fue leído como provocación, capricho o simple ruido mediático. El error fue detenerse en la forma y no mirar el fondo. Porque Groenlandia no interesa por su población, ni por su identidad política. Interesa porque es futuro.
El Ártico dejó de ser periferia. Hoy es corredor. El deshielo lento, implacable, abre rutas marítimas que acortan distancias entre Asia, Europa y América del Norte, alterando los mapas del comercio global. Donde antes había hielo, ahora hay trayectorias; donde antes había silencio, hoy hay cálculo estratégico. En ese tablero, Groenlandia ocupa una casilla central: domina accesos, vigila flujos y ofrece profundidad geopolítica sin necesidad de despliegues masivos.
Pero no es sólo la geografía. Bajo su superficie descansa una de las claves del siglo XXI: minerales estratégicos. Tierras raras, litio, níquel, cobalto, uranio, grafito. Insumos esenciales para baterías, semiconductores, energías renovables y sistemas militares avanzados. En una economía global que compite por cadenas de suministro seguras, depender menos de Asia y más de territorios “amigables” se volvió prioridad. Groenlandia, en ese sentido, es una reserva de soberanía tecnológica aún por desplegar.
A la ecuación se suma la proximidad de las Islas Feroe, un archipiélago pequeño en población, grande en ubicación. Juntas, Groenlandia y las Feroe conforman un arco de control en el Atlántico Norte que permite observar y, llegado el caso, disuadir a rivales globales. No es casual que allí se superpongan intereses militares, radares, bases aéreas y rutas de patrulla. En la era de la vigilancia, ver primero equivale a decidir primero.
Por eso, cuando Trump habló de “comprar” Groenlandia al reino de Dinamarca, no estaba improvisando un chiste geográfico. Estaba señalando una tendencia: Estados Unidos quiere asegurar su posición en el Ártico antes de que otros lo hagan. Lo inquietante vino después, cuando el tono escaló y aparecieron amenazas que rozaron la hipótesis bélica, no sólo contra Groenlandia, sino también contra Dinamarca. Allí, la geopolítica dejó de ser ajedrez y pasó a ser sismo.
Si ese escenario se concretara, si Washington avanzara por la fuerza, el impacto sería devastador. OTAN no está diseñada para resolver una guerra entre aliados. Europa, consciente de ese límite, ya dejó trascender que defendería a Dinamarca ante un enfrentamiento. El resultado sería una fractura histórica: la alianza que ordenó el mundo occidental desde 1949 quedaría herida en su núcleo.
¿Vale la pena romper la OTAN por Groenlandia? La pregunta no es retórica. Para Estados Unidos, el cálculo puede ser frío: asegurar el Ártico, garantizar minerales, vigilar a Rusia y contener a China. Para Europa, el costo es existencial: aceptar que su principal garante de seguridad se ha convertido en un actor imprevisible, dispuesto a forzar incluso a los suyos. La distancia transatlántica, más que geográfica, es política. Y hoy parece mayor que nunca.
Tal vez la enseñanza sea otra. Las “extravagancias” suelen anunciar cambios de época. Groenlandia no es una isla lejana: es un anticipo. Del mundo que se derrite, del comercio que se redibuja, de las alianzas que se tensan y de un poder que ya no pide permiso. Mirarla como anécdota es perder el mapa. Mirarla como futuro, en cambio, obliga a hacerse cargo de lo que viene.