por Agustín Panizza
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que los patios de las casas en Junín y en tantos pueblos de la Argentina no eran una postal decorativa ni un lujo aspiracional. No estaban pensados para la pileta, el césped prolijo o el ornamento importado. Eran, sencillamente, espacios de producción. Allí convivían la huerta, el gallinero, los frutales, especias y el trabajo cotidiano de la familia. Eran patios vivos, con sentido y con futuro.
Esa costumbre sana y profundamente arraigada llegó con los inmigrantes que poblaron estas tierras, y también estaba presente —mucho antes— en los pueblos originarios.
La autosuficiencia no era una consigna ideológica, era una forma de vivir. Sembrar, cosechar, criar animales, elaborar conservas para todo el año y guardar lo producido hasta la próxima temporada formaba parte de un saber transmitido de generación en generación. Un conocimiento que garantizaba alimento, dignidad y autonomía.
Hoy, en cambio, nos enseñaron a ser consumidores antes que productores. Recuerdo con claridad cómo en la escuela nos explicaban cómo ir al mercado, cómo intercambiar dinero, cómo comprar. Pero nunca —o casi nunca— nos enseñaron a trabajar la tierra, a producir nuestros propios alimentos, a comprender los ciclos naturales que sostienen la vida. No es casual, ya que un modelo de personas autosuficientes no le conviene al sistema de consumo masivo en el que vivimos.
Sin embargo, hay recuerdos que funcionan como faro. Para mí, uno de ellos es la Granja Nazareth. Días en los que aprendimos a producir nuestros propios alimentos, a trabajar con animales, a labrar la tierra con respeto y esfuerzo. Aprendizajes simples, profundos, transformadores. Enseñanzas que no solo daban herramientas prácticas, sino una forma distinta de pararse frente al mundo.
Por eso celebro, con convicción, las iniciativas de huertas que hoy vuelven a florecer en barrios, escuelas y espacios comunes. Celebro que se les enseñe a los más jóvenes a trabajar con el entorno natural desde chicos, a entender de dónde viene lo que comen, a ensuciarse las manos y a respetar los tiempos de la tierra. Porque cuando esa metodología se aprende temprano, queda grabada tan hondo como el Himno Nacional Argentino y el amor por nuestra patria.
Volver a las raíces no es retroceder. Es recuperar saberes que nos hicieron fuertes como comunidad. Producir y cultivar nuestros propios alimentos es una práctica sustentable, un acto de soberanía cotidiana y libertad.
Porque producir alimentos también es hacer patria.