Un informe reciente de la consultora Zentrix Consultora encendió señales de alerta sobre la situación económica de los hogares argentinos: el 56,4% tomó deuda en los últimos seis meses y más de la mitad no logra llegar al día 20 de cada mes.
El dato refleja un cambio profundo en la dinámica del endeudamiento, que dejó de ser una herramienta financiera para convertirse en un mecanismo de subsistencia.
Según el Monitor de Opinión Pública (MOP) de marzo, casi seis de cada diez familias recurren al crédito para cubrir gastos cotidianos, pagar tarjetas, cancelar otras deudas, abonar servicios o afrontar el alquiler. Lejos de destinarse a inversiones o mejoras patrimoniales, el financiamiento se utiliza principalmente para sostener el consumo básico en un contexto de fuerte deterioro del poder adquisitivo.
El estudio revela además que el 83,9% de los encuestados considera que su salario no le gana a la inflación, lo que genera un desfasaje cada vez mayor entre ingresos y gastos. En ese escenario, el endeudamiento aparece como una respuesta extendida: dentro del grupo que tomó crédito, casi nueve de cada diez ya tienen dificultades para pagarlo.
Este fenómeno no se presenta de manera aislada. Más del 53% de la población se autopercibe como parte de la clase baja, una definición que no responde sólo a una cuestión identitaria, sino a una experiencia económica concreta. En línea con esto, cerca de seis de cada diez personas evalúan la situación del país como mala o muy mala, lo que consolida un clima general de fragilidad.
El informe describe un circuito que se repite en gran parte de los hogares: caída del poder adquisitivo, dificultades para sostener el consumo mensual, recurso al endeudamiento para cubrir esa brecha y creciente incapacidad para afrontar esas obligaciones. En este esquema, el crédito deja de ser excepcional y pasa a ocupar un lugar estructural en la economía cotidiana.
Los datos sobre el destino de los préstamos refuerzan esta tendencia. La mayor parte se concentra en gastos corrientes, pago de tarjetas y cancelación de otras deudas, lo que implica que las familias no sólo enfrentan restricciones en el presente, sino que además comprometen ingresos futuros para resolver necesidades inmediatas.
En paralelo, el estudio advierte una creciente brecha entre las estadísticas oficiales y la percepción social. En marzo, el 65,8% de los encuestados consideró que los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos no reflejan adecuadamente la evolución real de los precios.
La desconfianza se explica, en parte, por la experiencia cotidiana: cuando el salario pierde frente a la inflación y no alcanza para cubrir el mes, la medición oficial deja de ser una referencia válida para amplios sectores. Así, la inflación deja de percibirse como un indicador técnico y pasa a medirse en términos concretos: cuánto dura el ingreso y hasta qué día alcanza.
Este desajuste también impacta en la credibilidad institucional. A las dificultades económicas se suman cuestionamientos sobre la representatividad de las canastas de consumo y sospechas de injerencia política en las estadísticas, lo que profundiza la distancia entre los datos oficiales y la realidad vivida por los hogares.
El deterioro económico también encuentra su correlato en el plano político. La imagen del presidente Javier Milei mostró en marzo una caída en los niveles de aprobación: el 53,3% desaprueba su gestión, mientras que el 38,5% la aprueba.
El informe sugiere que esta evolución está estrechamente vinculada a la situación material de la población. A medida que las dificultades económicas se vuelven más visibles en la vida cotidiana, se reduce el margen de tolerancia social y las evaluaciones tienden a volverse más críticas.
Por su parte, el gobernador bonaerense Axel Kicillof mantiene una imagen negativa elevada (57,2%), aunque con una leve estabilización respecto de meses anteriores. Su nivel de aprobación se ubica en el 33,8%, en un escenario que sigue siendo desafiante en términos políticos.
En conjunto, los datos del informe delinean un escenario donde la vulnerabilidad económica deja de ser transitoria y comienza a estructurar la vida cotidiana de una parte significativa de la población. El endeudamiento ya no es una opción sino una necesidad, y su uso sistemático como sustituto del ingreso marca un cambio profundo en el funcionamiento de la economía doméstica en la Argentina actual.