05/04/2026 - Edición Nº500

Opinión

Columna

De financiar sueños a sostener el día a día: el cambio silencioso del uso de las tarjetas en Argentina

06:47 |


por Agustín Panizza


Hubo un tiempo — no tan lejano— en el que sacar una tarjeta de crédito implicaba proyectar. Era la herramienta para comprar una heladera, una moto, quizá un televisor en cuotas. Era, en definitiva, una forma de anticipar consumo futuro con cierta lógica de progreso. Hoy, esa escena cambió de manera drástica, ya que la tarjeta dejó de ser un puente hacia bienes durables para convertirse en una muleta cotidiana. Ya no financia sueños, financia la supervivencia.

En la Argentina actual, pagar con crédito en la panadería, carnicería, kiosco o almacén o incluso para cargar combustible dejó de ser una excepción para convertirse en hábito. No es comodidad, es necesidad.

El fenómeno no es casual. En los últimos años se consolidó una dinámica económica donde los precios corren muy por delante de los ingresos. Un dato lo ilustra con crudeza: entre diciembre de 2023 (con un dólar oficial a $400 y el blue a $1100) y abril de 2025 (con la misma moneda a $1400), el precio de la nafta aumentó alrededor de un 700%. Ese impacto no se limita al surtidor; se traslada de forma directa a toda la cadena de costos, desde el transporte hasta los alimentos. En el mismo período, la inflación oficial acumuló cerca de un 250%, mientras que los salarios —atados a negociaciones paritarias que siguen esa referencia— quedaron claramente rezagados.

Ahí es donde aparece la tarjeta, pero ya no como opción, sino como último recurso.

El problema es que este cambio de función tiene consecuencias profundas. Cuando el crédito se utiliza para gastos corrientes —alimentos, servicios, consumo básico— deja de ser una herramienta financiera saludable y pasa a convertirse en una trampa, ya que esos gastos no generan ningún retorno, se consumen y desaparecen, pero la deuda queda y crece.

En paralelo, también se disparó la toma de créditos personales, muchas veces con tasas de interés y costos financieros totales muy por encima de la inflación. Esto agrava aún más el cuadro. Se toma deuda cara para cubrir gastos básicos, en un círculo difícil de romper.

El resultado es una economía doméstica cada vez más asfixiada. Con sueldos que promedian el millón de pesos, más del 70% se destina a costos fijos como alquiler, servicios, impuestos y tasas municipales. Lo que queda —si queda algo— no alcanza para sostener el consumo cotidiano sin recurrir al financiamiento. Y ahí, otra vez, aparece la tarjeta.

Pero lo más preocupante no es solo el aumento del uso, sino el crecimiento de la morosidad. Cada vez más familias entran en la lógica del “pago mínimo”, pateando hacia adelante una deuda que se acumula mes a mes con intereses elevados. Es una señal clara de que el sistema dejó de funcionar como una herramienta de organización financiera y pasó a ser un síntoma de fragilidad económica.

En este contexto, el consumo con tarjeta ya no refleja confianza en el futuro, sino incertidumbre en el presente.

La transformación es profunda y también cultural. Antes, endeudarse implicaba una decisión planificada; hoy, es muchas veces una reacción inevitable. Antes, la cuota era parte de un proyecto; hoy, es parte del problema.

La pregunta de fondo es cuánto tiempo puede sostenerse este esquema. Porque cuando el crédito deja de ser una herramienta de crecimiento y se convierte en un salvavidas permanente, el riesgo es que, tarde o temprano, deje de flotar.

Y entonces, lo que hoy permite llegar a fin de mes, puede convertirse en el principal obstáculo para el mes siguiente.

Un espejo incómodo

Si algo deja en evidencia este cambio en el uso de las tarjetas es que la economía no se vive solo en los grandes números, sino en la vida cotidiana. Y ahí aparece un paralelismo tan claro como inquietante, el comportamiento financiero de los ciudadanos empieza a reflejar, casi como un espejo, el modelo económico que se impulsa desde arriba.

Cuando un país se sostiene a base de deuda —ya sea externa o interna— está, en el fondo, trasladando esa lógica al resto del sistema. El Estado gasta más de lo que genera y cubre esa diferencia con financiamiento. El ciudadano, atrapado en una economía donde los ingresos pierden contra los precios, hace exactamente lo mismo, gasta más de lo que puede y cubre la brecha con tarjeta o crédito.

No es casualidad. Es consecuencia.

El problema no es solo económico, sino también estructural. Porque así como la deuda pública compromete el futuro de un país, la deuda cotidiana compromete el futuro de las familias. Y en ambos casos, el mecanismo es similar. Se patea hacia adelante un problema que, lejos de resolverse, se agranda.

En este contexto, el ciudadano deja de ser únicamente víctima del sistema para convertirse también en su reflejo más fiel. La lógica del “vivir financiado” se naturaliza, tanto en la macroeconomía como en la economía doméstica. Se pierde la noción de equilibrio, de previsibilidad, de planificación a largo plazo.

Pero hay una diferencia clave. Mientras el Estado tiene herramientas para renegociar, emitir o reestructurar su deuda, el ciudadano común no. Para la mayoría, el margen de maniobra es mínimo. Y cuando la rueda se descontrola, las consecuencias son inmediatas con intereses impagables, mora, pérdida de poder adquisitivo y deterioro en la calidad de vida.

Por eso, más que un fenómeno aislado, el auge del crédito para el consumo básico es un síntoma. Habla de un modelo donde el endeudamiento deja de ser excepcional y se vuelve estructural. Donde la economía funciona en tensión permanente, tanto en las cuentas públicas como en los bolsillos privados.

En definitiva, cuando un país se acostumbra a vivir de deuda, sus ciudadanos también terminan haciéndolo. Y ahí es donde el problema deja de ser financiero para convertirse en social.

Porque una sociedad que solo puede sostenerse endeudándose no está creciendo, está sobreviviendo.