por Adrián Belinche (Infocielo)
La carne vacuna, el “ingrediente clave” que durante generaciones definió la identidad alimentaria argentina, atraviesa su momento más crítico en tres décadas.
Según pudo saberse a partir del último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el abastecimiento del mercado interno cayó 11,5% interanual durante el primer semestre de 2026, un derrumbe que ubica a este período como el más bajo desde que existen registros comparables, a mediados de los años 90.
Ni siquiera las corridas económicas más recordadas de las últimas tres décadas habían golpeado con esta crudeza el consumo interno. El dato estadístico es un quiebre histórico que confirma que comer un asado, hoy, se volvió un lujo cada vez más lejano para buena parte de los hogares argentinos.
El consumo aparente se ubicó en 1.019.430 toneladas res con hueso entre enero y junio, casi 132.000 toneladas menos que en el mismo lapso de 2025. Trasladado a la mesa de cada argentino, el promedio anual per cápita cayó a 47 kilos, un 8,2% menos que un año atrás: 4,2 kilos menos de carne por persona en apenas doce meses.
La explicación simple de interpretar, porque mientras la inflación general acumuló 33,4% en el año, el precio de la carne vacuna trepó 53,6%. Es decir, comer carne se encareció a un ritmo muy superior al de los ingresos, y las familias no pudieron sostener el ritmo de compra de otros años.
Más allá del impacto económico, la retracción tiene una lectura nutricional que no puede pasarse por alto. La carne vacuna es una de las fuentes más eficientes de hierro hemo, el tipo de hierro que el organismo absorbe con mayor facilidad y que resulta clave para prevenir la anemia, sobre todo en niños, adolescentes y mujeres en edad fértil. También aporta vitamina B12 (esencial para el sistema nervioso) y zinc, vinculado a las defensas inmunológicas.
Es cierto que buena parte de esas familias que dejaron de comprar carne vacuna migraron hacia el pollo o el cerdo, que también son fuentes de proteína animal, y su precio si bien aumentó, no lo hizo en esa medida desorbitada.
Pero especialistas en nutrición vienen advirtiendo desde hace años que ese reemplazo no es total: el hierro hemo de la carne vacuna se absorbe con más eficiencia que el de otras carnes, y su ausencia sostenida en la dieta (sobre todo en sectores más vulnerables, donde la sustitución ni siquiera llega a completarse), puede profundizar cuadros de anemia y déficits nutricionales ya extendidos en la Argentina.
Desde CICCRA remarcaron que la baja no es coyuntural: responde a una combinación de menor poder adquisitivo, precios relativos altísimos y una industria que redirige cada vez más producción hacia la exportación. En el primer semestre, el mercado interno absorbió apenas el 71,4% de la carne producida en el país, contra el 75,6% de un año atrás.
El cuadro parece decirlo todo como la canción de Atahualpa Yupanqui, (las penas son de nosotros…).
Mientras el mundo compra más carne argentina, cada vez menos argentinos pueden comprarla para ellos mismos.