por Agustín Panizza
En tiempos en los que las antiguas zonas de quintas y chacras van cambiando su fisonomía a partir del avance de los desarrollos inmobiliarios, como sucede en regiones de Mendoza donde han arrasado miles de hectáreas de viñedos, en Junín existe una experiencia que propone, de alguna manera, el camino inverso: volver a plantar, producir y trabajar la tierra.
Camino a la Laguna de Gómez, uno de los principales corredores turísticos del partido, nació hace algunos años Finca Ferreiro, un pequeño viñedo que comenzó casi como un experimento durante la pandemia y que, cuatro años después, ya consiguió algo que para sus impulsores parecía lejano: cosechar sus propias uvas y convertirlas en vino.
La historia del tercer viñedo en el partido de Junín comenzó con un terreno de aproximadamente 1.000 metros cuadrados en el Barrio Moya. El lote había sido adquirido años antes por Jonatan Prenollio, oriundo de Baigorrita, pero durante mucho tiempo permaneció vacío.

Florencia Duré y Jonatan son pareja y viven actualmente en Buenos Aires y mantienen un vínculo de ida y vuelta con Junín, donde construyeron una pequeña casa que utilizan principalmente durante los fines de semana y cuando pueden trabajar de manera remota.
Fue durante la pandemia cuando ese terreno vacío empezó a convertirse en otra cosa. “Éramos tomadores de vino y empezamos a investigar sobre cómo era la vinificación, de dónde venía el vino y sobre la elaboración”, cuenta Florencia. A esa curiosidad por el mundo del vino se sumó otra pasión: las plantas y la posibilidad de entender cómo se desarrolla una producción desde el comienzo.
En aquel momento no había viñedo, ni casa. Apenas estaba el terreno. Y decidieron aprovecharlo. Comenzaron a buscar información, contactaron a productores, ingenieros agrónomos y enólogos a través de las redes sociales y hasta recurrieron a especialistas de Mendoza para conseguir las primeras plantas.
El desafío inicial fue incluso encontrar un vivero que estuviera dispuesto a venderles una cantidad pequeña, ya que las plantas destinadas a viñedos suelen comercializarse en volúmenes mucho mayores. Finalmente consiguieron los primeros ejemplares: 50 de Tannat y 50 de Malbec.

Pero la primera experiencia duró poco. La sequía hizo que ninguna de aquellas plantas sobreviviera. “Fue un año súper seco, todavía no teníamos riego, pensamos que con la lluvia iba a aguantar y no fue así”, recuerda Florencia.
El tropiezo inicial, sin embargo, no significó el final del proyecto. Al año siguiente volvieron a plantar, incorporaron más hileras y llevaron el número de plantas a 200 de Malbec, Cabernet Franc y Sauvignon Blanc. Esta vez, además, instalaron un sistema de riego.
A partir de entonces comenzó otra etapa: aprender. Jonatan realizó cursos de poda y de enología, mientras ambos continuaron buscando información y consultando con profesionales. También recorrieron otros emprendimientos vitivinícolas de la provincia de Buenos Aires y conocieron experiencias que les permitieron observar cómo otros productores afrontaban desafíos similares.
Entre ellas estuvo Finca Las Antípodas, en Junín, uno de los proyectos vitivinícolas que ya tiene un recorrido en la ciudad, además de un viñedo ubicado en Uribelarrea, en la provincia de Buenos Aires.

Pero producir uvas en Junín no resultó sencillo. A lo largo de estos años tuvieron que enfrentar heladas tardías, insectos y distintos problemas propios de la producción. En una oportunidad, una helada ocurrida durante la brotación de octubre quemó prácticamente todos los brotes y dejó al viñedo sin producción durante aquella temporada.
Más recientemente apareció otro problema: la deriva de productos agroquímicos provenientes de campos cercanos. “Empezamos a ver todas las hojas arrugadas en el momento de mayor brotación”, relata Florencia. Después de consultar con ingenieros agrónomos comprendieron que se trataba de un efecto asociado a la deriva de agroquímicos, una situación que terminó retrasando considerablemente el crecimiento de las plantas.
A pesar de todos esos obstáculos, las vides siguieron creciendo. Y el esfuerzo finalmente tuvo su recompensa. El año pasado Finca Ferreiro consiguió realizar su primera cosecha de uvas propias y elaborar sus primeras botellas. Fueron apenas seis o siete, pero para ellos representaron muchísimo más que una pequeña producción. “Todo fue hecho a mano, con la familia”, cuenta Florencia.
Este año llegó la segunda cosecha, realizada entre febrero y marzo, y nuevamente algunas botellas esperan ahora el momento de ser compartidas.
La escala todavía es pequeña. Son 200 plantas y el viñedo necesita tiempo para alcanzar una producción mayor. La expectativa de sus responsables es que, con el crecimiento de las plantas, puedan llegar algún día a elaborar 100 o 200 botellas.
Mientras tanto, también encontraron otra manera de seguir aprendiendo sobre el mundo de las bebidas.
Este año compraron uvas provenientes de San Juan, que llegaron a Buenos Aires, y elaboraron vino con ellas para continuar experimentando y adquiriendo conocimientos. Paralelamente, comenzaron a meterse de lleno en el mundo del vermú. “Es algo que nos apasiona”, resume.
Actualmente están probando recetas y desarrollando sus propios vermús a partir de vino comprado, ya que la producción de su viñedo todavía no alcanza para elaborar cantidades suficientes.
La intención es seguir experimentando y, eventualmente, producir en una escala que les permita participar de eventos y compartir el resultado con otras personas.
La experiencia de Finca Ferreiro tiene además una dimensión que trasciende las 200 plantas.
En una ciudad donde las zonas de quintas se encuentran cada vez más vinculadas al crecimiento residencial, un emprendimiento de estas características recupera una imagen que durante décadas formó parte de la vida cotidiana de Junín: la de los terrenos donde se plantaban frutales, se hacían huertas y las parras de uva crecían junto a las viviendas.
Las familias de inmigrantes que llegaron a la ciudad durante generaciones encontraron en esas quintas una forma de producir parte de sus propios alimentos. La parra, los árboles frutales y la huerta eran elementos habituales de aquellas viviendas.
Finca Ferreiro recupera, desde otra escala y con una mirada contemporánea, algo de aquella tradición. Y lo hace en un momento en el que también resulta necesario poner en valor los emprendimientos locales.
En tiempos de una creciente globalización gastronómica, en los que la llegada de grandes cadenas de comidas rápidas y de formatos como los automac a caballo puede modificar rápidamente los hábitos de consumo de una ciudad, también resulta importante destacar las iniciativas que nacen en el propio territorio y que enriquecen la identidad local.
Porque no se trata solamente de producir una botella de vino o de elaborar un vermú. Se trata también de crear propuestas diferentes, recuperar saberes, generar actividad y demostrar que una ciudad puede construir sus propios productos y experiencias sin perder aquello que la hace particular.
En ese sentido, un viñedo en Junín puede ser mucho más que una rareza. Puede convertirse en una oportunidad para pensar nuevas alternativas productivas y turísticas, especialmente por su ubicación cercana a la Laguna de Gómez, uno de los principales atractivos del partido.
El enoturismo aparece allí como una posibilidad todavía incipiente. Visitar un viñedo, conocer cómo se cultiva la vid, observar una cosecha, probar un vino producido con uvas de Junín o conocer el proceso de elaboración de un vermú podrían convertirse, con el tiempo, en nuevas experiencias para quienes visitan la ciudad.
Por ahora, Finca Ferreiro sigue siendo un proyecto pequeño, familiar y artesanal. La distancia entre Buenos Aires y Junín obliga además a organizar el trabajo de otra manera. Cuando Florencia y Jonatan no pueden acercarse, cuentan con familiares que viven en la zona y colaboran con el mantenimiento del terreno.

Pero detrás de esas 200 plantas hay mucho más que un emprendimiento Hay una historia que comenzó con un terreno vacío, siguió con 100 plantas que no sobrevivieron, continuó con otras 200 y hoy empieza a traducirse en botellas de vino hechas a partir de uvas cultivadas en Junín.
Quizás el mayor valor de esta historia esté justamente ahí: en demostrar que todavía hay lugar para volver a plantar.
Para recuperar las parras, los frutales y las huertas. Para que las quintas no sean solamente espacios destinados a vivir, sino también lugares donde producir, experimentar y construir nuevas propuestas.
En tiempos en los que muchas hectáreas cambian su destino para convertirse en urbanizaciones, Finca Ferreiro ensaya el movimiento contrario.
Volver a la tierra.