Después de años de transitar la música desde distintos roles y proyectos colectivos, el músico juninense Ignacio Salvay decidió dar un paso que, aunque pueda parecer sencillo, significó para él un enorme desafío: comenzar a construir su propio camino como solista bajo el nombre de IGNA.
Guitarrista, sesionista, compositor y productor, Salvay pasó buena parte de su recorrido artístico formando parte de bandas y acompañando a otros músicos. La música siempre estuvo presente, pero durante mucho tiempo se definió principalmente como “el guitarrista”. La necesidad de seguir componiendo y la decisión de no esperar a encontrar una nueva banda fueron el punto de partida de un proceso que terminó desembocando en “YO, QUIÉN?”, la primera canción de esta nueva etapa.
“Hace bastante tiempo que vengo haciendo música, pero casi siempre desde un lugar colectivo. Fui parte de distintas bandas y proyectos que fueron muy importantes para mí, trabajé como guitarrista, sesionista, compositor, productor y también acompañé a otros artistas. La música siempre estuvo presente en mi vida, pero durante mucho tiempo yo era principalmente ‘el guitarrista’”, cuenta.
Cuando algunos de esos proyectos llegaron a su fin, apareció una necesidad que ya no podía postergar: seguir haciendo canciones.
“Pensaba en formar otra banda, buscar músicos, encontrar gente con la que pudiera tener esa conexión que necesitaba para hacer las canciones que tenía en la cabeza, pero también sentía que podía ser un proceso muy complicado. Ahí empecé a preguntarme si realmente necesitaba esperar a encontrar a otras personas para poder hacer mi propia música”.
La respuesta comenzó a tomar forma gracias a todo lo que había aprendido durante los años anteriores. Salvay llevaba entre siete y ocho años componiendo para diferentes proyectos y, paralelamente, había adquirido conocimientos de grabación, producción y utilización de DAWs. Incluso había producido material para otros artistas.
Entonces apareció una pregunta tan simple como determinante: “¿Por qué no intento hacer una canción completamente solo?”.
Y ahí empezó todo.
Los primeros pasos no fueron sencillos. En una banda, las canciones se construyen a partir del intercambio: alguien propone una melodía, otro modifica un arreglo, aparece una letra, una opinión o simplemente una persona que escucha y dice “esto está bueno, probemos por acá”.
Trabajar solo implicaba que todas esas decisiones recaían sobre él.
“Al principio fue bastante frustrante. En las bandas siempre tuve a alguien que me ayudaba con alguna parte. Cuando empecé a trabajar solo, si una canción no funcionaba, el problema era mío y también la solución tenía que salir de mí”.
El proceso comenzó aproximadamente en octubre o noviembre del año pasado. Salvay hacía canciones, las modificaba, las abandonaba y volvía a ellas. Muchas veces sentía que no conseguía llegar al punto que buscaba.
En ese comienzo tuvo un acompañamiento fundamental: el de su amigo y músico Ignacio Gómez, “Nachito”.
“Muchas veces vino a casa simplemente a escuchar cosas, darme una opinión o ayudarme a darle vueltas a una canción. Ese acompañamiento fue importante porque, aunque el proyecto fuera mío, nunca sentí que tuviera que hacerlo completamente aislado”.
A su alrededor también hubo una red de personas que fueron fundamentales para atravesar el proceso. El ingeniero de audio Leandro Márquez fue una de las personas a las que Salvay recurrió para consultar cuestiones relacionadas con mezclas, sonido y producción.
También estuvieron sus amigos Joako y Barby, que escucharon durante meses ideas, canciones y distintas versiones; Juan Fuentes, desde México, con quien compartía material para recibir devoluciones; y Carla, su pareja, que acompañó el proyecto desde sus comienzos.
“También hubo familiares y amigos que, en distintos momentos, directamente me decían: ‘Largalo de una vez’. Y creo que todo ese círculo fue fundamental para darme seguridad”.
Uno de los principales obstáculos fue la propia exigencia.
Salvay quería que cada aspecto estuviera cuidado: las grabaciones, la producción, las mezclas, la identidad visual, el sentido de las canciones y la dirección general del proyecto.
Pero con el tiempo entendió que esa búsqueda de perfección podía convertirse en un impedimento.
“Quería llegar a un punto en el que sintiera que ya estaba perfecto. Pero empecé a entender que eso probablemente no iba a suceder nunca”.
En ese aprendizaje apareció una frase de Chocko Aedo que quedó grabada en su cabeza: “Los discos no se terminan, se abandonan”.
“Creo que durante un tiempo yo estaba intentando terminarlo en lugar de abandonarlo”.
La reflexión terminó siendo clave. Si IGNA pretende ser un proyecto que dure muchos años, no puede quedar atrapado durante meses intentando perfeccionar una canción.
“No puedo sacar un tema y después desaparecer siete meses porque estoy intentando perfeccionar el siguiente. Tengo que aprender a soltar una canción, dejarla existir y seguir caminando”.
Recién entre febrero y marzo de este año empezó a sentir que podía terminar canciones. Y terminar una canción implicó mucho más que escribirla.
Tuvo que aprender a mezclarse, grabarse, ecualizar, producirse y tomar decisiones de sonido. Al mismo tiempo, profundizó sus conocimientos sobre video, guion, narrativa, marketing musical y gestión de un proyecto artístico.
Ese último aspecto tiene una particularidad: Salvay trabaja y estudia marketing.
“Entonces inevitablemente mi cabeza lleva esa misma exigencia a mi proyecto artístico. Y ahí aparece una contradicción bastante interesante: tengo muchas herramientas para hacerlo, pero justamente por tenerlas también sé todo lo que puede hacerse mal”.
Sabe cómo construir una campaña, contar una historia, filmar y editar un video o presentar una canción. Por eso no quería limitarse a publicar un tema.
“No quería simplemente subir un tema y decir ‘bueno, acá está’. Quería tratarlo con el respeto que merece”.
Y resume el significado del proyecto con una frase contundente: “Es la historia de mi vida puesta en canciones”.
Encontrar el sonido de IGNA fue otra parte importante de la búsqueda.
Las influencias de Salvay atraviesan diferentes territorios. Arctic Monkeys, Queens of the Stone Age, Oasis y The Killers conviven en su universo musical con The Weeknd, The Neighbourhood, Boy Pablo, Mac DeMarco y otros artistas vinculados al pop y al indie.
Esa diversidad también es parte de su identidad.
“Creo que probablemente haya una base de rock alternativo porque es de donde vengo y porque es algo que naturalmente me sale, pero no quiero que eso determine todo lo que pueda hacer”.
Su intención es explorar sin quedar atado a una etiqueta.
“Si mañana una canción necesita ser más pop, será más pop. Si necesita ser más rock, será más rock. Si aparece algo electrónico o algo completamente diferente que me representa en ese momento, también quiero poder hacerlo”.
Por eso no busca definir primero qué género es IGNA para después componer dentro de esa estructura.
“Prefiero hacer las canciones y descubrir qué tienen en común”.
Dentro de este proceso, “YO, QUIÉN?” ocupa un lugar especial. Salvay la define como una de las canciones que mejor representa el momento en el que nació el proyecto.
La canción habla de no reconocerse, del paso del tiempo, de la ansiedad y de esa sensación de mirar hacia adelante sin saber exactamente qué hacer con el futuro.
“Me interesa más esa sensación de desconexión con uno mismo. De mirar la vida que estás viviendo y preguntarte en algún momento: ¿Quién soy? ¿En qué momento llegué hasta acá? ¿Soy la persona que pensé que iba a ser? ¿Y qué hago con todo lo que soñé cuando era más chico?”.
Una de las frases de la canción resume buena parte de ese universo: “Ojalá pueda verme sin la mirada esquiva de quien le avergüenza su propia vida”.
No se trata, explica, de una canción pensada desde la tristeza o la victimización, sino desde la necesidad de comprenderse.
“Quizás por eso también me gusta una idea que apareció durante todo este proceso: el tipo que está intentando entender dónde quedó parado después de crecer. Creo que hay algo de eso en IGNA”.
“YO, QUIÉN?” nació prácticamente por completo en su casa. Salvay la grabó con una interfaz Behringer UMC22, un micrófono SKP económico y algunas de las guitarras que tenía en ese momento. Tomás Cadile participó en la grabación del bajo, pero el resto del proceso fue fundamentalmente casero.
Los primeros bocetos surgieron en la vivienda en la que Salvay vivía anteriormente, en el centro de Junín. Después, el desarrollo y la grabación se trasladaron a su actual departamento, que funciona también como lugar de trabajo.
Ese espacio terminó formando parte de la propia historia de la canción.
“Cuando miro las fotos de ese proceso, hay una especie de registro involuntario de lo que fue hacer la canción: el mate frío, las guitarras tiradas, las luces prendidas, la computadora, las horas y horas de trabajo”.
Porque, para Salvay, eso fue realmente hacer “YO, QUIÉN?”.
“Trabajo. Muchísimo trabajo”.
La manera en que nació la canción también terminó vinculándose directamente con su temática. Si la canción habla de intentar encontrarse con uno mismo, hacerla significó, de alguna manera, enfrentarse consigo mismo dentro de su propia casa.
Durante mucho tiempo creyó que necesitaba estímulos externos para crear: salir, conocer gente, vivir experiencias y luego transformarlas en canciones.
Esta vez fue diferente.
“Tuve que aprender a trabajar en un lugar donde también vivo y trabajo, donde paso muchísimas horas y donde no necesariamente hay una gran cantidad de estímulos. Incluso es un espacio en el que muchas veces no entra demasiada luz natural”.
Paradójicamente, ese aislamiento terminó potenciando su proceso creativo.
“Aprendí que no siempre necesito estar inspirado para hacer una canción. Puedo tener un día increíble y escribir. Puedo tener un día de mierda y escribir”.
Pero también descubrió algo todavía más importante: puede simplemente sentarse a trabajar.
“Puedo sentarme durante cuatro horas, abrir una sesión, mezclar, grabar una guitarra, corregir algo, volver atrás y seguir trabajando aunque ese día no me haya pasado absolutamente nada extraordinario”.
Para Salvay, ese fue uno de los mayores aprendizajes de esta etapa: dejar de depender de la inspiración para terminar una obra.
“La creatividad puede aparecer a partir de una experiencia, de un buen día, de un mal día o de algo que te pasó afuera. Pero también puede aparecer después de horas de trabajo”.
Aunque el proyecto lleva su nombre artístico, Salvay insiste en que nunca lo sintió como un proceso verdaderamente solitario.
“La canción puede tener mi nombre. Las decisiones finales son mías. La responsabilidad es mía. Pero alrededor hubo muchísima gente que me escuchó, me acompañó, me dio una opinión, me bancó cuando estaba dando vueltas sobre una misma canción por quinta vez o simplemente me dijo que la largara”.
La diferencia con sus experiencias anteriores es que esta vez no había una banda detrás ni un proyecto colectivo donde las decisiones pudieran repartirse.
“Era yo poniendo sobre la mesa algo mucho más desnudo. Si algo no funcionaba, era mío. Si algo emocionaba, también era mío”.
Y justamente por eso necesitaba escuchar otras voces.
“No para que decidieran por mí, sino para poder escuchar otras voces mientras intentaba descubrir cuál era la mía”.
Hoy Salvay siente que el proyecto recién está comenzando. No considera que haya encontrado definitivamente “el sonido de IGNA”, ni cree que sea necesario hacerlo todavía.
“Creo que lo voy a ir descubriendo con cada canción”.
Para él, lo importante era empezar. Durante años tuvo canciones en la cabeza, proyectos guardados en computadoras y muchas ideas que podrían haber quedado allí para siempre.
Finalmente llegó a una conclusión que resume el espíritu de esta nueva etapa:
“Es mejor una canción existiendo afuera que una canción perfecta que nadie escucha”.
“YO, QUIÉN?” es la primera.
“No sé exactamente dónde me va a llevar todo esto. Pero sí sé que quiero hacerlo durante mucho tiempo. Y que, una vez que empecé, no quiero parar”.