Un animal de aspecto inconfundible, patas largas, cuerpo estilizado y una característica crin oscura sobre el cuello comenzó a llamar la atención en una región donde su presencia no era habitual. Se trata del aguará guazú (Chrysocyon brachyurus), el mayor cánido de Sudamérica, una especie autóctona de nuestro país que históricamente estuvo vinculada principalmente con los ambientes abiertos, pastizales, bañados y zonas inundables del centro y norte argentino.
En las últimas semanas, distintos registros volvieron a poner al aguará guazú en el centro de la escena. Uno de ellos se produjo en campos de Pergamino, en pleno noroeste bonaerense, mientras que en las últimas horas otro ejemplar fue rescatado luego de aparecer en la ciudad de Rosario.
La presencia en el noroeste de la provincia de Buenos Aires resulta particularmente llamativa porque se trata de una zona que se encuentra en el límite austral de la distribución histórica conocida de la especie. Sin embargo, los registros más recientes muestran que el aguará guazú también está siendo observado en áreas consideradas marginales respecto de su distribución tradicional, con reportes que alcanzaron incluso el norte bonaerense.
El aguará guazú recibe su nombre del guaraní y significa “zorro grande”. Su figura puede generar sorpresa por su tamaño y sus largas extremidades, pero no se trata de un animal exótico ni introducido: es una especie nativa de Sudamérica y forma parte de la fauna silvestre argentina.
En nuestro país su distribución comprende principalmente Corrientes, Formosa, Chaco, Santa Fe, Santiago del Estero, Misiones, el norte de Córdoba y Entre Ríos, aunque los registros recientes indican una expansión o presencia ocasional en sectores marginales, entre ellos el norte de la provincia de Buenos Aires.

Su hábitat está asociado fundamentalmente a pastizales, pajonales, bañados, esteros y otros ambientes abiertos, con una importante relación con zonas húmedas. No es, por lo tanto, un animal que normalmente se espere encontrar en medio de la extensa región agrícola del noroeste bonaerense.
Y allí aparece uno de los interrogantes que plantean estos nuevos avistamientos.
Los especialistas vienen advirtiendo desde hace años que la transformación de los ambientes naturales constituye una de las principales amenazas para el aguará guazú.
La categorización nacional de mamíferos realizada por la Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos (SAREM) considera a la especie Vulnerable y señala como amenazas la pérdida, degradación y fragmentación del hábitat, además de los atropellamientos, la caza, la captura ilegal y los problemas derivados del contacto con animales domésticos.
El avance de la agricultura y la transformación de los pastizales y humedales modifican los ambientes donde estas especies encuentran alimento, refugio y lugares adecuados para desplazarse. La fragmentación del territorio también puede obligar a los animales a recorrer mayores distancias en búsqueda de condiciones apropiadas.
Esto no permite afirmar que cada aparición de un aguará guazú fuera de su área tradicional sea consecuencia directa de la intervención humana. Pero sí abre una hipótesis que merece ser estudiada: la transformación de los ecosistemas puede estar modificando los desplazamientos y el comportamiento de ejemplares que se encuentran en los límites de su distribución.
Un trabajo presentado por investigadores y especialistas en conservación registró precisamente un incremento de reportes del aguará guazú en zonas marginales del sur de su distribución histórica, incluido el norte bonaerense. Los investigadores remarcaron la importancia de conservar la conectividad ecológica y monitorear los movimientos de los ejemplares.
El aguará guazú no es una especie abundante. La categorización de SAREM advierte que sus densidades suelen ser bajas incluso en ambientes considerados adecuados y que algunas poblaciones presentan tendencias decrecientes.
Por eso, que aparezca un ejemplar en un campo del noroeste bonaerense no necesariamente significa que exista una población estable instalada en la región. Puede tratarse de un individuo en desplazamiento, de un ejemplar que se alejó considerablemente de su área habitual o de parte de un proceso de expansión hacia sectores ubicados en el límite de su distribución.
La diferencia es importante.
Un avistamiento aislado no alcanza para confirmar un cambio permanente en la distribución de la especie. Pero cuando los registros comienzan a repetirse en sectores alejados de sus ambientes tradicionales, se transforman en información relevante para quienes estudian la fauna silvestre.
El caso también sirve para observar cómo los cambios producidos por el ser humano pueden tener consecuencias que muchas veces pasan inadvertidas.
La agricultura, la urbanización, la construcción de rutas, la desaparición de humedales y la fragmentación de los ambientes naturales no necesariamente hacen desaparecer de inmediato a una especie. En algunos casos, pueden producir desplazamientos, modificaciones en sus recorridos y cambios en la utilización del territorio.
La propia documentación oficial sobre el aguará guazú identifica la destrucción de su hábitat natural como una de sus principales amenazas y también menciona los atropellamientos, la caza y la captura ilegal.
En ese contexto, un ejemplar que aparece en un campo de Pergamino o en una zona urbana como Rosario puede ser mucho más que una curiosidad.
Puede convertirse en una señal para mirar qué está ocurriendo con los ambientes naturales que todavía sobreviven en la región.
El aguará guazú está protegido por la legislación argentina y su captura, caza y comercialización están prohibidas.
Por eso, ante un eventual avistamiento en campos, caminos o zonas urbanas, la recomendación es no acercarse, no perseguirlo, no intentar capturarlo y evitar que perros u otros animales domésticos entren en contacto con el ejemplar. Lo adecuado es dar aviso a las autoridades de fauna correspondientes para que profesionales puedan evaluar la situación.
El episodio ocurrido recientemente en Rosario muestra justamente la importancia de esa intervención. El animal fue rescatado por personal especializado y trasladado a un centro de recuperación, donde se evaluará su estado sanitario antes de determinar si puede regresar a un ambiente adecuado.
El aguará guazú, ese extraño “zorro grande” que durante mucho tiempo parecía pertenecer exclusivamente a los paisajes del norte argentino, empieza a hacerse visible más al sur.
Y cada aparición en el noroeste bonaerense plantea una pregunta que va mucho más allá de la sorpresa que provoca encontrarse con uno de estos animales: ¿estamos ante una adaptación de la especie a nuevos territorios o ante el desplazamiento de un animal que está perdiendo, poco a poco, los ambientes donde históricamente vivió?
La respuesta requiere más registros, investigación y monitoreo. Pero mientras tanto, cada avistamiento constituye una oportunidad para recordar que la fauna silvestre también está respondiendo a las profundas transformaciones que los seres humanos estamos produciendo sobre el territorio.