La mañana del 23 de noviembre de 1977 quedó grabada en la memoria de miles de argentinos. A las 6.20, cuando gran parte de la población recién comenzaba su jornada, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió la provincia de San Juan, con epicentro en las inmediaciones de la sierra de Pie de Palo, cerca de la localidad de Caucete. San Juan ya había sufrido fenómenos de esta naturaleza en 1894, 1944 y 1952.
El movimiento telúrico duró alrededor de 120 segundos. Fueron dos minutos que parecieron interminables para quienes lo vivieron y que dejaron consecuencias devastadoras: 65 personas murieron, más de 300 resultaron heridas y una extensa zona del territorio sanjuanino sufrió daños de consideración.
Pero el impacto del terremoto no quedó limitado a Cuyo. Las ondas sísmicas se propagaron a grandes distancias y el temblor se percibió en distintas provincias argentinas, incluida la provincia de Buenos Aires. En Junín, el movimiento se sintió con fuerza en los pisos altos de los pocos edificios que habían en aquellos años, en una experiencia que sorprendió a los vecinos y quedó en el recuerdo de quienes atravesaron aquella mañana.
El terremoto afectó especialmente a Caucete y a los departamentos de 25 de Mayo, 9 de Julio, San Martín y Angaco. Las consecuencias se hicieron visibles tanto en las construcciones como en la infraestructura productiva y los servicios esenciales.
En distintos sectores se abrieron profundas grietas en el suelo y se formaron cráteres de arena. Hubo escuelas destruidas, clases suspendidas, bodegas dañadas y perjuicios en viviendas y edificios públicos. Las redes de agua potable, los sistemas de riego, las vías de comunicación y el suministro eléctrico también sufrieron las consecuencias del movimiento.
Aunque los daños estructurales no alcanzaron la magnitud de los registrados durante el devastador terremoto sanjuanino de 1944, la destrucción volvió a poner en evidencia la vulnerabilidad de las construcciones frente a un fenómeno de semejante intensidad.
Las pérdidas económicas fueron millonarias. Las estimaciones históricas citadas sobre el desastre calcularon unos 142 millones de dólares en daños a la infraestructura social y otros 44 millones en pérdidas vinculadas con la actividad productiva. La agricultura, la industria, el comercio y la minería también resultaron afectados.
El terremoto de Caucete forma parte de los grandes acontecimientos sísmicos de la historia argentina. Su alcance geográfico hizo que miles de personas, incluso en regiones alejadas del epicentro, tomaran dimensión de la fuerza de un fenómeno natural que no reconoce fronteras provinciales.
En Junín y la Región, donde los terremotos de esa magnitud no forman parte de la experiencia cotidiana, el temblor representó un episodio excepcional. La sensación de que los edificios se movían, especialmente en las plantas superiores, quedó asociada a una jornada que muchos todavía recuerdan.
A casi cinco décadas de aquel episodio, el aniversario invita a recuperar testimonios, reconstruir lo sucedido y reflexionar sobre la importancia de la prevención, las normas de construcción y la preparación de las comunidades ante posibles emergencias.
El 15 de enero de 1944, a las 20:49, San Juan fue sacudida por el terremoto más devastador registrado en la historia argentina. En menos de un minuto, una ciudad entera quedó reducida a escombros y cerca de 10.000 personas perdieron la vida, sobre una población aproximada de 90.000 habitantes.
El epicentro del sismo se ubicó a unos 20 kilómetros al norte de la capital sanjuanina, en las cercanías de la localidad de La Laja, departamento Albardón. La magnitud fue estimada en 7,4 grados, con una intensidad máxima de IX en la escala Mercalli modificada. Las ondas sísmicas se sintieron también en Córdoba, La Rioja, Mendoza y San Luis.
Las consecuencias fueron devastadoras. Se calcula que el 80 % de la ciudad de San Juan quedó destruida y numerosos departamentos vecinos resultaron gravemente afectados. A diferencia de otros grandes terremotos, el impacto fue desproporcionado debido a la precariedad de las construcciones: la mayoría de las viviendas eran de adobe o ladrillo cerámico macizo, antiguas y sin refuerzos antisísmicos, lo que provocó derrumbes generalizados.
A la tragedia estructural se sumaron condiciones extremas. Minutos después del sismo comenzó una intensa lluvia que se prolongó durante varios días, acompañada por un frío inusual. Luego llegó el fuerte calor de enero, agravando la situación sanitaria. El olor de los cuerpos atrapados bajo los escombros obligó a realizar cremaciones de urgencia para evitar la propagación de enfermedades como la fiebre tifoidea. Las réplicas posteriores terminaron de derrumbar lo poco que había quedado en pie.
En medio del dolor, la desesperación y la incertidumbre, emergió una respuesta que quedó grabada en la memoria colectiva: la solidaridad.
El recuerdo del terremoto de Caucete adquiere una nueva dimensión en un contexto internacional en el que los movimientos sísmicos vuelven periódicamente a ocupar los titulares. Durante 2026, distintos episodios registrados en países de América Latina, entre ellos Colombia, Venezuela y Panamá, volvieron a poner en primer plano la actividad sísmica de la región.
América Latina está atravesada por importantes sistemas de fallas geológicas y zonas de interacción entre placas tectónicas. Esa dinámica explica que los terremotos formen parte de la realidad de numerosos países, aunque su frecuencia, profundidad e intensidad varíen considerablemente de un territorio a otro.
Argentina tampoco está exenta de estos fenómenos. Si bien el riesgo sísmico es mayor en provincias del oeste, especialmente en San Juan y Mendoza, los movimientos pueden percibirse a grandes distancias de sus epicentros, dependiendo de su magnitud, profundidad y de las características del terreno.
El terremoto de Caucete es una muestra histórica de ese alcance: un sismo originado en el oeste argentino que también se hizo sentir en Junín y en otros puntos del país.