Junín y los municipios del noroeste bonaerense vuelven a mirar al cielo. A 10 años de la última gran inundación que golpeó a la ciudad y la Región, y a casi seis del comienzo de la sequía histórica que transformó el paisaje de sus lagunas, la posible incidencia del fenómeno climático El Niño vuelve a poner en primer plano la necesidad de prepararse para períodos de precipitaciones intensas.
La región atravesó en menos de una década dos escenarios extremos. En 2017, las lluvias persistentes provocaron desbordes de lagunas, anegamientos urbanos, evacuaciones y daños en rutas y vías ferroviarias. A fines de 2020, en cambio, comenzó una prolongada sequía que se extendió durante varias temporadas y tuvo uno de sus momentos más críticos en febrero de 2024, cuando la Laguna de Gómez llegó a secarse por completo.

La recuperación hídrica que comenzó a hacerse visible con las lluvias de 2024 y se consolidó durante 2025 permitió revertir buena parte de aquel escenario. Sin embargo, las precipitaciones extraordinarias también plantearon nuevos desafíos para una región atravesada por una compleja red de lagunas, canales y cursos de agua.
Ahora, ante la posibilidad de un período con lluvias superiores a las habituales asociado a El Niño, los municipios refuerzan las tareas de limpieza y mantenimiento de canales, alcantarillas y desagües, además de preparar maquinaria y protocolos de emergencia.
La preocupación no implica que una nueva inundación sea inevitable. Pero la experiencia de los últimos años demuestra que, en una zona con escasa pendiente y extensas áreas rurales, la acumulación de agua puede generar consecuencias que exceden ampliamente los límites de cada localidad.
Entre abril y mayo de 2017, Junín y distintos distritos del noroeste bonaerense atravesaron una de las situaciones hídricas más complicadas de los últimos años. Después de meses de lluvias persistentes, la Laguna de Gómez y otros espejos de agua de la región desbordaron sus niveles, mientras el agua avanzaba sobre sectores urbanos, caminos rurales y zonas productivas.
En apenas tres días de abril, las precipitaciones alcanzaron los 203 milímetros, una cantidad que generó serios inconvenientes en el casco urbano de Junín. Diversos barrios quedaron anegados y hubo vecinos que debieron ser evacuados ante el avance del agua.

La emergencia puso en evidencia las dificultades para evacuar grandes volúmenes de lluvia en un territorio donde el escurrimiento natural está condicionado por la topografía y la conexión entre los distintos cuerpos de agua. Las precipitaciones no solo afectaron a las viviendas y las calles: también comprometieron la circulación, la actividad agropecuaria y los servicios de transporte.
La situación se extendió más allá del partido de Junín. En distintos sectores del noroeste bonaerense, los niveles de las lagunas y los cursos de agua continuaron aumentando, mientras la acumulación de precipitaciones agravaba las dificultades para mantener transitables los caminos y las rutas.
Uno de los episodios más graves se produjo a fines de abril de 2017, cuando el puente de Lincoln sobre la Ruta Nacional 188 colapsó debido a la fuerza del agua. La estructura quedó inutilizada y la circulación debió interrumpirse en ambas manos.
El derrumbe expuso la magnitud que pueden alcanzar los excesos hídricos cuando afectan la infraestructura vial. La interrupción de una ruta nacional no solo complica los desplazamientos cotidianos: también perjudica el transporte de la producción, el abastecimiento y la conexión entre localidades.

En una región donde buena parte de la actividad económica depende de la circulación por rutas y caminos rurales, los daños en puentes y alcantarillas pueden prolongar las consecuencias de una inundación incluso después de que las precipitaciones disminuyen.
El panorama también era crítico en la cuenca de la Laguna La Picasa, cuyo nivel aumentaba aproximadamente un centímetro por día. El crecimiento del espejo de agua y los excesos acumulados en la región se relacionaban con una situación hídrica que comprometía vastas áreas productivas y generaba dificultades para el escurrimiento en distintos sectores de la cuenca del río Salado.
La inundación afectó campos, caminos rurales y sectores de infraestructura que resultan fundamentales para la actividad agropecuaria. En una región donde la producción agrícola y ganadera tiene un peso central, los anegamientos prolongados implican dificultades para ingresar a los establecimientos, trasladar animales, movilizar maquinaria y sacar la cosecha.

El agua también alcanzó infraestructuras de transporte estratégicas, con consecuencias que se prolongaron mucho más allá de los meses de mayores precipitaciones.
Uno de los efectos más impactantes de aquella crisis hídrica se produjo sobre la Ruta Nacional 7, en el tramo que atraviesa la Laguna La Picasa.
El terraplén de la calzada, que se adentra aproximadamente diez kilómetros en la laguna, quedó completamente bajo el agua, lo que obligó a interrumpir la circulación por este corredor bioceánico que conecta Buenos Aires con el oeste del país y continúa hacia Chile.
La interrupción se prolongó durante más de dos años y medio, con consecuencias para el transporte de cargas y pasajeros. La situación demostró que una inundación puede comprometer corredores estratégicos para la economía nacional y generar desvíos, mayores costos logísticos y demoras en los viajes.

El impacto también alcanzó al ferrocarril. El agua arrasó sectores del terraplén ferroviario y obligó a suspender la circulación de los trenes de la línea San Martín en ese tramo. La rehabilitación del servicio se concretó en octubre de 2021, después de años de dificultades vinculadas con el estado de la infraestructura y las condiciones hídricas.
La experiencia de La Picasa dejó una de las imágenes más contundentes de aquella emergencia: una masa de agua capaz de cubrir rutas, interrumpir servicios ferroviarios y afectar durante años la conectividad de una región.
Después de los excesos hídricos de 2017, el escenario regional volvió a cambiar. A fines de 2020 comenzó una sequía que se profundizó durante los años siguientes y que tuvo consecuencias sobre la producción agropecuaria, los ecosistemas y los principales espejos de agua del partido de Junín.
La Laguna de Gómez fue uno de los símbolos más visibles de ese proceso. Su nivel descendió progresivamente hasta que, en febrero de 2024, quedó prácticamente sin agua, una situación excepcional para uno de los espacios naturales, turísticos y recreativos más representativos de la ciudad.

La sequía también afectó a otros cuerpos de agua de la cuenca del río Salado. La falta de precipitaciones, las altas temperaturas y la evaporación contribuyeron al deterioro de las reservas hídricas y modificaron el paisaje de la región.
La situación impactó sobre la actividad agropecuaria, las condiciones ambientales y el turismo vinculado con las lagunas. Para Junín, la pérdida de agua en la Laguna de Gómez significó también la transformación de un espacio asociado históricamente con la pesca, los deportes náuticos y la recreación.
Así, en pocos años, la región pasó de convivir con grandes inundaciones a enfrentar una sequía prolongada que llevó a algunos de sus espejos de agua a niveles críticos.
La tendencia comenzó a revertirse con las precipitaciones registradas durante 2024 y se consolidó durante 2025.
De acuerdo con los registros publicados por El Diario del Lunes, Junín acumuló alrededor de 1.500 milímetros de lluvia durante 2025, un volumen considerablemente superior a la media anual de entre 900 y 1.100 milímetros que caracteriza a la región.
Las precipitaciones permitieron recuperar niveles de agua que durante años habían permanecido muy por debajo de los habituales. La Laguna de Gómez volvió a llenarse y llegó a ubicarse unos 20 centímetros por encima del vertedero, lo que permitió el desborde natural y la apertura de las compuertas.
La recuperación también se hizo visible en Mar Chiquita, en la zona de Agustina, y en otros sectores de la cuenca.

El cambio fue significativo: después de años de costas secas y lechos agrietados, volvió a aparecer el agua en los principales espejos de la zona. La recuperación favoreció al ecosistema y renovó las expectativas de las actividades recreativas, deportivas y comerciales vinculadas con las lagunas.
Pero el volumen de precipitaciones también volvió a instalar una pregunta central para la planificación hídrica: cómo administrar y evacuar los excedentes cuando las lluvias se concentran en períodos cortos o se mantienen durante varios días consecutivos.
La recuperación de las reservas hídricas constituye una buena noticia después de la sequía, aunque no elimina la posibilidad de anegamientos. El comportamiento del agua depende de múltiples factores, entre ellos la humedad del suelo, la intensidad de las lluvias, los niveles de las lagunas y la capacidad de los sistemas de drenaje.
La posibilidad de un período de precipitaciones superiores a los valores habituales vuelve a poner el foco en El Niño, un fenómeno climático asociado con el calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial.
En el centro-este de la Argentina, su presencia suele estar vinculada con una mayor probabilidad de lluvias abundantes. Sin embargo, no permite anticipar por sí sola cuánto lloverá en Junín ni determinar si se producirán inundaciones. Para eso resulta necesario seguir los pronósticos y las alertas meteorológicas, además de observar la evolución de las condiciones hídricas locales.
Frente a ese escenario, Junín y distintos municipios de la Región avanzan con trabajos preventivos. Las tareas incluyen limpieza y desobstrucción de canales urbanos y rurales, alcantarillas, sumideros y desagües pluviales, además del mantenimiento de cunetas y caminos rurales.

En Junín, el plan de trabajo municipal contempla intervenciones en distintos sectores del partido. En Morse se trabajó sobre aproximadamente 6.500 metros lineales de canales y en Agustín Roca, alrededor de 7.000 metros. También se desarrollaron tareas en Agustina, Fortín Tiburcio y Saforcada.
A estas acciones se suma el monitoreo de las lagunas de Gómez, Mar Chiquita y El Carpincho, así como la preparación de bombas, tractores y retroexcavadoras para responder ante eventuales contingencias.
La coordinación regional también forma parte de la estrategia. En septiembre, Junín fue sede de un encuentro de responsables de Defensa Civil de la Zona 4, con representantes de Colón, Chacabuco, Leandro N. Alem, Vedia y General Viamonte. Durante la reunión se abordaron protocolos de actuación y la posibilidad de intercambiar información en tiempo real ante alertas meteorológicas amarillas o naranjas.
Las medidas preventivas también se extienden a otros distritos del noroeste bonaerense, donde las características del terreno y las redes de drenaje presentan desafíos similares.
En Bragado, los trabajos incluyen la limpieza de canales de desagüe, con participación de maquinaria municipal y equipos vinculados con la Dirección Provincial de Hidráulica.
En Florentino Ameghino, donde la baja pendiente dificulta el escurrimiento natural, se realizan tareas sobre canales, zanjas, alcantarillas y caminos rurales. En General Arenales, las intervenciones contemplan mantenimiento de la red vial, cuneteado, alteos y desobstrucción de desagües.

General Pinto avanzó con la colocación de 26 alcantarillas en sectores próximos a Coronel Granada y en la zona de quintas. En Lincoln, el Municipio gestionó recursos para obras de desagües y entubamientos, mientras que en General Viamonte se combinaron tareas de mantenimiento de caminos con acciones de planificación y coordinación regional.
El gobernador bonaerense Axel Kicillof presentó el 26 de agosto de 2026 un plan provincial de prevención y mitigación ante la posibilidad de un episodio de El Niño de fuerte intensidad, con una inversión superior a los $2,3 billones y la creación de una mesa interministerial para coordinar acciones con los 135 municipios.
El programa contempla obras hidráulicas, tareas de dragado y limpieza, monitoreo de lluvias y cuencas, sistemas de alerta temprana y preparación de equipos de emergencia. Además, prevé fortalecer la coordinación con los gobiernos locales y mejorar el acceso a información meteorológica en tiempo real.
Durante la presentación, Kicillof advirtió sobre la posibilidad de precipitaciones mucho más intensas que las habituales y remarcó la importancia de diseñar planes de contingencia. Por su parte, la ministra de Ambiente, Daniela Vilar, señaló que los estudios científicos citados por la Provincia estimaban un 90% de probabilidad de un evento muy fuerte hacia el final de la primavera y el comienzo del verano.
El ministro de Infraestructura y Servicios Públicos, Gabriel Katopodis, destacó los trabajos hidráulicos acordados con los municipios y la creación de un visor provincial de estaciones meteorológicas. En tanto, el ministro de Seguridad, Javier Alonso, informó sobre el fortalecimiento de los recursos para emergencias, con embarcaciones de rescate, móviles, helicópteros y drones.
La iniciativa se suma a las tareas preventivas que llevan adelante Junín y los distritos de la Región, en un contexto en el que la preparación ante posibles lluvias intensas adquiere especial relevancia después de las inundaciones de 2017 y la posterior sequía histórica.
También se desarrollan trabajos en Chacabuco, Rojas y Leandro N. Alem, donde la limpieza de canales, cunetas y caminos rurales integra las medidas para reducir las dificultades que podrían producirse durante períodos de precipitaciones abundantes.
Aunque cada distrito tiene necesidades específicas, el objetivo es compartido: favorecer el escurrimiento del agua, evitar obstrucciones y sostener la transitabilidad, especialmente en las zonas rurales.