Un vecino de 9 de Julio decidió convertir la ruta en destino. A bordo de un Citroën 3 CV modelo 1986, Héctor Mario Clerc emprendió una travesía que desafía la lógica, la mecánica y las distancias: unir la ciudad bonaerense con Alaska.
La historia, que se sigue a través de la cuenta de Instagram alaskaencitroen, tiene detrás una filosofía muy particular de viajar, lejos del turismo tradicional: llegar.
Brian, su hijo y quien se encarga de la comunicación del viaje, lo resume con claridad en diálogo con El Diario del Lunes: “Él es viajero ya hace varios años. Arrancó a viajar en moto allá por el 2015. Fue un hobby que le llegó de grande”.
Mecánico de oficio, el protagonista de esta aventura trabajó toda su vida hasta que, con los años, empezó a darse algunos gustos. Primero fueron recorridos en moto por Argentina y Chile. Después, el salto al mítico Citroën, con el que comenzó a participar en encuentros de la marca en distintos puntos del país y la región, como Tucumán, San Juan y Uruguay. Pero había algo más. Un objetivo.
“Él no viaja como la gente normalmente que va de vacaciones. Él va con un objetivo. Dice: ‘yo tengo que ir y llegar acá’. Se mete doce horas de viaje por día, hace kilómetros y no frena”, cuenta Brian.
Esa forma de viajar lo define. No hay desvíos turísticos, ni pausas contemplativas. No hay hoteles ni lujos.
Va con una carpa o duerme arriba del Citroën. No hay cinco estrellas, no hay comidas caras. Lo más básico posible. El objetivo es llegar.
El propio viajero lo deja en claro en cada contacto: “Yo no estoy de vacaciones”.
El desafío no es solo geográfico, también es mecánico.
El Citroën 3 CV con el que recorre el continente es un vehículo que, en condiciones ideales, apenas alcanza los 80 km/h, o 90 “con viento a favor”, como describen en tono irónico.
Las dificultades se multiplican en zonas de altura, especialmente en países como Perú o Ecuador. “Hay partes donde va a 15 o 20 kilómetros por hora. Le cuesta muchísimo subir”, relata su hijo. Sin embargo, hay un factor clave que sostiene la travesía: el conocimiento.
El viajero no solo conduce el auto, lo entiende. Fue mecánico especializado en Citroën durante años, lo que le permite anticiparse a cada problema.
“Sabe cuándo tiene que frenar porque el auto se puede quedar sin frenos, o cuándo se puede estropear. Lleva repuestos encima por cualquier problema”, explica Brian.
Ese dominio técnico es, probablemente, lo que hace posible lo que para muchos sería inviable.
El viaje no empezó con Alaska como meta. Antes hubo otro objetivo: llegar a Machu Picchu. Y lo logró. Pero como en toda historia de ruta, alcanzar un destino no fue el final, sino el comienzo de uno nuevo.
“En este caso, el viaje se estira un poquito”, dice Brian. Ese “poquito” implica atravesar todo el continente hasta el extremo norte.
Actualmente, el viajero se encuentra en Colombia, enfrentando uno de los mayores desafíos logísticos del recorrido: el Tapón del Darién, la selva que interrumpe la conexión terrestre entre Sudamérica y Centroamérica.
La única alternativa es trasladar el vehículo por mar. “Por ahora, la idea es cruzar en contenedor”, detallan.
Más allá de la distancia, el vehículo o las condiciones extremas, hay algo que vuelve singular esta historia: la forma de entender el viaje.
No hay turismo, no hay pausa, no hay concesiones. Solo ruta, kilómetros y un objetivo fijo.
“Yo siento que lo que está haciendo en ese auto no hay persona en este planeta que lo pueda hacer”, afirma Brian.
Y quizás ahí esté la clave. No se trata solo de ir de 9 de Julio a Alaska.
Se trata de hacerlo a su manera: sin detenerse, sin desviarse, sin negociar con el destino.