En el partido de Junín se llevaron adelante ensayos de cultivo de camelina, una oleaginosa de invierno que despierta cada vez mayor interés en el sector agropecuario por sus ventajas productivas, ambientales y comerciales.
Según informaron a El Diario del Lunes, las experiencias locales forman parte de una tendencia que viene creciendo en distintas regiones agrícolas del país y que posiciona a este cultivo como una alternativa de gran proyección para los próximos años.
La camelina (Camelina sativa) se caracteriza por su bajo requerimiento hídrico, su tolerancia a las heladas, la escasa demanda de insumos y su capacidad para mantener la cobertura del suelo durante los meses invernales.
Pero más allá de sus beneficios agronómicos, el principal atractivo radica en que su aceite es considerado una de las materias primas más prometedoras para la elaboración de combustible sostenible de aviación (Sustainable Aviation Fuel, SAF), un segmento clave en la transición energética global.
Mientras el mundo busca reducir la huella de carbono del transporte aéreo, la producción de camelina aparece como una oportunidad para la agricultura argentina, que en 2025 ya contaba con unas 100.000 hectáreas implantadas y tiene potencial para expandirse significativamente en los próximos años.
En distintas zonas productivas del país, organismos públicos y empresas privadas avanzan en el desarrollo de herramientas destinadas a medir la sustentabilidad del cultivo. En ese marco, técnicos del INTA y del INTI trabajan en la elaboración de un calculador específico de huella de carbono para camelina.
“Desarrollamos junto al INTI un calculador específico de huella de carbono para camelina, basado en el método de análisis de ciclo de vida”, explicó Rodolfo Bongiovanni, especialista en huellas ambientales del INTA Manfredi.

El profesional detalló que la herramienta permite evaluar todo el proceso productivo, desde la fabricación de los insumos hasta la obtención del biocombustible final.
“La herramienta toma en cuenta todo el proceso, desde la producción de insumos hasta la obtención del biocombustible final, y está validada con el protocolo europeo 2BSvs, que permite certificar la sostenibilidad del producto”, señaló.
Según explicó Bongiovanni, este tipo de certificaciones resulta fundamental para acceder a mercados internacionales cada vez más exigentes en materia ambiental, especialmente en Europa, donde los criterios de sustentabilidad tienen un peso creciente en las decisiones comerciales.
Además de su potencial industrial, la camelina comienza a ser vista por los productores como una herramienta para mejorar la eficiencia de los sistemas agrícolas.
Ezequiel Bigatton, ingeniero agrónomo y productor agropecuario, destacó que la incorporación de este cultivo permite mantener el suelo activo durante el invierno y aprovechar mejor los recursos disponibles.
En la campaña pasada "sembramos unas 130 hectáreas de camelina, que representa el 10% de nuestra superficie. Normalmente hacemos soja y maíz, pero queríamos mantener el suelo verde durante el invierno. La camelina vino a ocupar ese lugar: mantiene la vida del suelo, controla malezas y aprovecha el agua disponible”, explicó.
El productor contó que comenzó a experimentar con el cultivo en 2023, buscando alternativas a los barbechos invernales tradicionales.
“En esta zona el agua es un recurso escaso, por eso buscamos alternativas que nos permitan sostener la actividad del suelo todo el año”, indicó.
Otro de los aspectos destacados por quienes ya trabajan con la oleaginosa es la simplicidad de su manejo agronómico.
“Requiere una buena siembra para lograr una emergencia uniforme y ajustar bien la cosechadora para evitar pérdidas. Es un cultivo rústico, con baja demanda de insumos y un ciclo corto”, afirmó Bigatton.
A ello se suma una ventaja comercial relevante: la posibilidad de producir bajo contratos previamente establecidos.
“Además, tiene destino asegurado: la producción va directo al puerto de Dreyfus en Timbúes bajo contrato y con precio bonificado”, agregó.
Los ensayos desarrollados en Junín buscan evaluar la adaptación del cultivo a las condiciones productivas de la región, analizando variables vinculadas al rendimiento, el comportamiento frente a las condiciones climáticas y su integración en los esquemas agrícolas predominantes.
Los especialistas consideran que la camelina puede transformarse en una nueva pieza dentro de los sistemas productivos del noroeste bonaerense, aportando cobertura de suelo, diversificación y nuevas oportunidades comerciales asociadas a la economía baja en carbono.
En este sentido, Bongiovanni destacó que el objetivo es generar herramientas que permitan a los productores certificar el impacto ambiental de sus prácticas y acceder a mercados de mayor valor agregado.
“El objetivo es que los productores puedan cuantificar, reportar y certificar el impacto ambiental de sus prácticas, generando valor agregado y nuevas oportunidades comerciales”, sostuvo.
Respecto de los beneficios ambientales del cultivo, el especialista remarcó que “la camelina es un caso emblemático: reduce emisiones, mejora el suelo, intensifica la rotación y produce un grano que sirve para elaborar biocombustibles de alta demanda internacional”.
Los primeros estudios indican que una tonelada de camelina podría llegar a secuestrar cerca de 100 kilos de dióxido de carbono, aunque todavía se requiere un seguimiento de varios años para validar definitivamente esos resultados bajo estándares internacionales.
Con experiencias que ya se desarrollan en distintas zonas del país y ensayos en marcha en Junín, la camelina comienza a posicionarse como una alternativa que combina productividad, sustentabilidad y acceso a nuevos mercados. Una apuesta que, de consolidarse, podría convertir a la región en parte de una cadena estratégica vinculada al combustible sostenible que demanda la aviación del futuro.